jueves, 12 de mayo de 2016

los antieroes quinto bloque

los antieroes
Los antihéroes.
En la prosa literaria del siglo XVI, cabe distinguir dos grandes corrientes: la narrativa idealista y la narrativa realista. Esta última tiene su mejor exponente en la no­vela picaresca. La narrativa idealista tiene como géneros representativos a la novela pastoril, la morisca y la bizan­tina. Junto a estos géneros destaca una obra singular: el Lazarillo de Tormes, germen de la novela picaresca.
Los géneros novelescos en auge durante el siglo XVI corrie­ron distinta suerte: mientras que la novela bizantina fue muy apreciada, la novela de caballerías y la pastoril des­aparecieron. La novela picaresca, por su par te, se afianzó.
Mención aparte merece la novela corta, muy apreciada a lo largo de todo el siglo y cultivada por autores como Miguel de Cervantes (Novelas ejemplares) y María de Zayas (Desengaños amorosos). La obra maestra de la narrativa de esta época es el Quijote, de Cervantes.
La literatura picaresca basó su originalidad en la crea­ción de un personaje con tintes atrevidos y nuevos, el antihéroe, una especie de héroe venido desde la cultura popular y que se contraponía a la hipocresía y vida fácil de los caballeros y nobles de la época.
Luego, el antihéroe cambió hasta convertirse en un per­sonaje del realismo grotesco mucho más crítico y que deformaba la realidad. Sin embargo, es en la picaresca donde el antihéroe cobró notoriedad, y en la que, con el recurso del humor y la ironía, era capaz de salvarse de las peripecias que le acontecían en la ficción al criticar a la sociedad rígida y a la vez caótica en que vivían sus autores.


Miguel de Cervantes

Fue creada en 1999 por iniciativa de la Universidad de Alicante y con el patrocinio del Banco Santander y la Fundación Marcelino Botín. Actualmente está gestionada por una fundación1 que preside Mario Vargas Llosa. La idea original del proyecto la concebió Andrés Pedreño Muñoz, rector de la Universidad de Alicante en ese momento, inspirada en el concepto de biblioteca digital de algunas universidades estadounidenses. Él fue quien presentó a Emilio Botín, Presidente del Banco Santander un proyecto pionero en digitalización de obras de referencia hispanas, algo que desde primer momento entusiasmó al máximo responsable del Santander y le dio su respaldo.
Un consejo científico, dirigido por Darío Villanueva, avala el rigor de la biblioteca.
Su catálogo está compuesto por 198.000 registros bibliográficos, de los cuales unos 60.000 son libros[cita requerida], aunque también ofrece estudios críticos y de investigación, materiales históricos, periódicos y revistas, audiovisuales, archivos sonoros, vídeos en lengua de signos española, etc. Se trata principalmente de obras antiguas, pertenecientes al dominio público, pero también de obras actuales de jóvenes autores como Itziar Pascual, Mariam Budia o Carles Batlle, entre otros, incluidas en el portal de Autores de Teatro.2

Literatura española

El portal de Literatura española está dirigido por el doctor Enrique Rubio Cremades de la Universidad de Alicante, y recoge las principales obras de literatura española. En el fondo de esta biblioteca digital destaca la Biblioteca de Autor Miguel de Cervantes Saavedra, página de referencia en la Red sobre la vida y obra del escritor de Alcalá.
La Historia, materia relevante dentro de la biblioteca, protagoniza portales como los dedicados a las Constituciones Hispanoamericanas y a personajes históricos como Carlos V, Isabel I, Colón, Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Palafox, Mendoza y Monseñor Óscar Arnulfo Romero, o a la historia y la arqueología de las civilizaciones, como Antigua. La lengua española cuenta, así mismo, con una sección propia en la que el usuario puede consultar estudios filológicos, tratados sobre el origen de la lengua, gramáticas, ortografías, retóricas, poéticas e investigaciones y materiales sobre lexicografía, terminología, fraseología y pragmática.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
 

Alonso Quijano, fervoroso lector de novelas de caballería, cae en estado de locura debido a un exceso de este tipo de ficción. Este hidalgo pobre, de aproximadamente cincuenta años, se «ordena» caballero en una posada, que a sus ojos luce como un castillo, y jura ante el ventero socorrer a los desventurados en nombre de su bienamada señora, Dulcinea del Toboso, quien en realidad es una rústica campesina llamada Aldonza Lorenzo. Bajo el impulso de su delirio, arremete contra enemigos imaginarios, como los molinos de viento, a los que confunde con gigantes, y protagoniza curiosos incidentes acompañado por su fiel escudero, Sancho.
XXII
De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir.
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manche­go, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e ima­ginada historia, que […] don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían asimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
—Esta cadena es de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las ga­leras, de por fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la eje­cución de mi oficio: deshacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
—Advierta vuestra merced —dijo Sancho— que la justi­cia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni agravio a se­mejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos.
Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses razones, pidió a los que iban en su guar­da fuesen servidos de informalle y decille la causa o causas porque llevaban aquella gente de aquella manera. Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes: gen­te de su Majestad que iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más que saber.

—Con todo eso —replicó don Quijote—, querría saber de cada uno dellos en particular la causa de su desgracia.
Añadió a estas otras tales y tan comedidas razones para moverlos a que le dijesen lo que deseaba, que la otra guar­da de a caballo le dijo:
—Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las senten­cias de cada uno de estos malaventurados, no es tiempo este de detenernos a sacarles ni a leerllas: vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos lo dirán si quisieren; que sí querrán, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se llegó a la cadena y al primero le preguntó que por qué pecados iba de tan mala guisa. Él le respondió que por enamorado iba de aquella manera.
—¿Por eso no más? —replicó don Quijote—. Pues si por enamorados echan a galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
—No son los amores como los que vuestra merced piensa —dijo el galeote—; que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar atestada de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente, que a no quitármela la justicia por fuerza, aún hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad […]
Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste y melancólico; más respondió por él el primero, y dijo:
—Este, señor, va por canario, digo por músico y cantor.
—Pues ¿cómo? —replicó don Quijote—. ¿Por músicos y cantores van también a galeras? […]
Mas uno de los guardas le dijo:
—Señor caballero, cantar en el ansia se dice entre esta gen­te non santa confesar en el tormento. A este pecador le die­ron tormento y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias, y por haber confesado le conde­naron por seis años a galeras, amén de doscientos azotes, que ya lleva en las espaldas; y va siempre pensativo y triste porque los demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen, y tienen en poco, por­que confesó y no tuvo ánimo de decir nones. Porque dicen ellos que tantas letras tienen un no como un sí. […]
—Y yo lo entiendo así —respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual, de presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:
—Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltar­me diez ducados.
—Yo daré veinte de muy buena gana —dijo don Quijote— por libraros desa pesadumbre.
[…]
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venera­ble rostro, con una barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose preguntar la causa porque allí venía, comenzó a llorar y no respondió palabra; mas el quinto condenado le sirvió de lengua, y dijo:
—Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, ha­biendo paseado las acostumbradas, vestido, en pompa y a caballo.
—Eso es —dijo Sancho Panza—, a lo que a mí me parece, haber salido a la vergüenza.

—Así es —replicó el galeote—; y la culpa porque le dieron
esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de
todo el cuerpo. En efecto, quiero decir que este caballero
va por alcahuete, y por tener asimismo sus puntas y collar
de hechicero.
—[…] Solo digo ahora que la pena que me ha causado ver
estas blancas canas y este rostro venerable en tanta fatiga,
por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero.
Aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que
puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples
piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni
encanto que le fuerce. […]
Tras todos estos venía un hombre de muy buen parecer,
de edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo
en el otro un poco. Venía diferentemente atado que los
demás, porque traía una cadena al pie, tan grande que
se le liaba por todo el cuerpo […]. Preguntó don Quijote
que cómo iba aquel hombre con tantas prisiones más
que los otros. Respondiole la guarda: porque tenía aquel
solo más delitos que todos los otros juntos, y que era tan
atrevido y tan grande bellaco, que aunque le llevaban de
aquella manera, no iban seguros del, sino que temían que
se les había de huir.
—¿Qué delitos puede tener —dijo don Quijote—, si no
han merecido más pena que echalle a las galeras?
—Va por diez años —replicó la guarda—, que es como
muerte civil. No se quiera saber más sino que este buen
hombre es […] Ginesillo de Paradilla.
—[…] Señor caballero si tiene algo que darnos, dénoslo
ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas ajenas; y si la mía quiere saber, sepa que soy Ginés
de Pasamonte, cuya vida está escrita por estos pulgares.
—Dice verdad —dijo el comisario—: que el mesmo ha escrito
su historia, que no hay más, y deja empeñado el libro
en la cárcel, en doscientos reales. […]
—Hábil pareces —dijo don Quijote.
—Y desdichado —respondió Ginés—; porque siempre las
desdichas persiguen el buen ingenio.
—Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.
—Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—,
que se vaya poco a poco […].
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte,
en respuesta a sus amenazas; mas don Quijote se puso
en medio, y le rogó que no le maltratase, pues no era
mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese
algún tanto suelto la lengua. Y volviéndose a todos los
de la cadena, dijo:
—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos,
he sacado en limpio que, aunque os han castigado por
vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan
mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy
contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo
que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros déste,
el poco favor del otro, y, finalmente, el torcido juicio
del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición, y de no
haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades.
Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria,
de manera que me está diciendo, persuadiendo, y aun
forzando, que muestre con vosotros el efecto para que el
Cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la orden
de caballería que profeso, y el voto que en ella hice
de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores.
Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es
que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal,
quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean
servidos de desataros y dejaros ir en paz; que no faltarán
otros que sirvan al rey, en mejores ocasiones; porque me
parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza
hizo libres.
Cuanto más, señores guardas –añadió don Quijote-, que
estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá
se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo,
que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al
bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos
de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido
esto con esta mansedumbre y sosiego porque tenga, si lo
cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo
hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo,
harán lo que hagáis por la fuerza.
—¡Donosa majadería! —respondió el comisario—, […]
¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos
autoridad para soltarlos, o él la tuviera para
mandárnoslo! Váyase vuestra merced, señor, norabuena
su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la
cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
—¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! —respondió don
Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que,
sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en
el suelo, malherido de una lanzada; y avínole bien; que este
era el de la escopeta. Las demás guardas quedaron atónitas
y suspensas del no esperado acontecimiento; pero, volviendo
sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo,
y los de a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote,
que con mucho sosiego los aguardaba; y sin duda lo pasara
mal, si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de
alcanzar la libertad, no la procuraran, procurando romper
la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera
que las guardas, ya por acudir a los galeotes, que se
desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acometía,
no hicieron cosa que fuese de provecho. […]—Así es —replicó el galeote—; y la culpa porque le dieron
esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de
todo el cuerpo. En efecto, quiero decir que este caballero
va por alcahuete, y por tener asimismo sus puntas y collar
de hechicero.
—[…] Solo digo ahora que la pena que me ha causado ver
estas blancas canas y este rostro venerable en tanta fatiga,
por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero.
Aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que
puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples
piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni
encanto que le fuerce. […]
Tras todos estos venía un hombre de muy buen parecer,
de edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo
en el otro un poco. Venía diferentemente atado que los
demás, porque traía una cadena al pie, tan grande que
se le liaba por todo el cuerpo […]. Preguntó don Quijote
que cómo iba aquel hombre con tantas prisiones más
que los otros. Respondiole la guarda: porque tenía aquel
solo más delitos que todos los otros juntos, y que era tan
atrevido y tan grande bellaco, que aunque le llevaban de
aquella manera, no iban seguros del, sino que temían que
se les había de huir.
—¿Qué delitos puede tener —dijo don Quijote—, si no
han merecido más pena que echalle a las galeras?
—Va por diez años —replicó la guarda—, que es como
muerte civil. No se quiera saber más sino que este buen
hombre es […] Ginesillo de Paradilla.
—[…] Señor caballero si tiene algo que darnos, dénoslo
ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas ajenas; y si la mía quiere saber, sepa que soy Ginés
de Pasamonte, cuya vida está escrita por estos pulgares.
—Dice verdad —dijo el comisario—: que el mesmo ha escrito
su historia, que no hay más, y deja empeñado el libro
en la cárcel, en doscientos reales. […]
—Hábil pareces —dijo don Quijote.
—Y desdichado —respondió Ginés—; porque siempre las
desdichas persiguen el buen ingenio.
—Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.
—Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—,
que se vaya poco a poco […].
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte,
en respuesta a sus amenazas; mas don Quijote se puso
en medio, y le rogó que no le maltratase, pues no era
mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese
algún tanto suelto la lengua. Y volviéndose a todos los
de la cadena, dijo:
—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos,
he sacado en limpio que, aunque os han castigado por
vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan
mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy
contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo
que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros déste,
el poco favor del otro, y, finalmente, el torcido juicio
del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición, y de no
haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades.
Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria,
de manera que me está diciendo, persuadiendo, y aun
forzando, que muestre con vosotros el efecto para que el
Cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la orden
de caballería que profeso, y el voto que en ella hice
de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores.
Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es
que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal,
quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean
servidos de desataros y dejaros ir en paz; que no faltarán
otros que sirvan al rey, en mejores ocasiones; porque me
parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza
hizo libres.
Cuanto más, señores guardas –añadió don Quijote-, que
estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá
se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo,
que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al
bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos
de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido
esto con esta mansedumbre y sosiego porque tenga, si lo
cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo
hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo,
harán lo que hagáis por la fuerza.
—¡Donosa majadería! —respondió el comisario—, […]
¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos
autoridad para soltarlos, o él la tuviera para
mandárnoslo! Váyase vuestra merced, señor, norabuena
su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la
cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
—¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! —respondió don
Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que,
sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en
el suelo, malherido de una lanzada; y avínole bien; que este
era el de la escopeta. Las demás guardas quedaron atónitas
y suspensas del no esperado acontecimiento; pero, volviendo
sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo,
y los de a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote,
que con mucho sosiego los aguardaba; y sin duda lo pasara
mal, si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de
alcanzar la libertad, no la procuraran, procurando romper
la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera
que las guardas, ya por acudir a los galeotes, que se
desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acometía,
no hicieron cosa que fuese de provecho. […]
Y llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían despojado al co­misario hasta dejarle en cueros, se les pusieron todos a la redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
—De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéis visto señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido, en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, […] os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso, y le digáis, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada liber­tad; y hecho esto, os podréis ir donde quiséredes, a la buena ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
—Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los caminos, sino solos y divi­didos, y cada uno por su parte procurando meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado por la Santa Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. […]
—Pues voto a tal —dijo don Quijote, ya puesto en cólera- […] don Ginesillo de Piropillo, o como os llaméis que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había acometido como el de querer darles libertad, vién­dose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compañeros, y apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y pedrisco que sobre entrambos llovía. […]

Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote; el jumento, cabizbajo y pen­sativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, desnudo, y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho. 
las novelas picarescas




generos literarios y narrativo





No hay comentarios.:

Publicar un comentario